jueves, 5 de junio de 2014

La terapeuta que quería estar iluminada


Me acuerdo de cuando decidí dedicarme a ser terapeuta. Había algo me echaba para atrás. Pensaba, "tú no eres una persona equilibrada, cómo vas a ayudar a los demás a estarlo..."

Los terapeutas que conocía hasta el momento me parecían seres tocados por la luz divina. Y yo con 24 años y después de mejorar tanto en mis propias movidas personales, coño, quería ser así.

Así que tanto en mi proceso personal como al principio de mi formación como terapeuta mi meta era encontrar un supuesto Equilibrio o un poco de iluminación. Me parecía que eso sería la base de mi bienestar y lo que me aportaría la felicidad y la profesionalidad. Me puse unas normas con las que seguro lo alcanzaría: Comer sano, meditar, estudiar mucho, hacer ejercicio...

Pero no. Así no.

¿Qué es el equilibrio?

Es algo así como una estabilidad entre diferentes fuerzas que actúan sobre un cuerpo, compensándose y creando así una armonía.

Las diferentes fuerzas serían, en el caso del ser humano, la fuerza del pensamiento, del deseo y la energía que utilizamos para llevar a cabo lo pensado y/o deseado. Lo puedo resumir a que: Estoy en equilibrio cuando lo que pienso, lo que siento y lo que hago están en concordancia. Mi cuerpo, mi mente y mi espíritu están alineados con el cielo y la tierra, y ahí todo fluye.

Suena bien, y es lógico, dentro de lo místico que suena dicho así.

Pero creo que en general estamos lejos de estar ahí. Unos más que otros, y unos más conscientes de ello que otros también...

Es fácil estar pensando una cosa pero decir otra, por el miedo a los juicios o por no herir sentimientos... O no querer hacer algo pero hacerlo... y viceversa, por temor a las consecuencias... O simplemente algo como estar medándome encima pero aguantar un rato más, porque tal y cual...
Así todo mi ser se va colapsando. Se confunde... Así no hay equilibrio ninguno. No hay alineamiento. Blackout. Y mi cuerpo a la larga acaba tan desalineado qué no sabe funcionar en mi beneficio. Se escacharra, literalmente. Lógico también.

Así que, volviendo al tema de mí búsqueda, yo tenía claro que eso era lo que tenía que conseguir

Quería sentirme siempre bien serena y en mi centro. Ser la luz que ilumina los caminos, el alma Zen que todo lo sabe y todo lo soluciona... Algo que no soy. Y que no creo que exista.

Y es que en mi búsqueda había un error. Un error de enfoque.

Es como querer quitarse todos los males con pastillas, o que el día del examen o del juicio haya pasado, o mil ejemplos que podría poner, que me encantan los ejemplos, para decir que las metas no son esas. Las metas son los procesos. Los procesos.

Descubrí que equilibrio no es lo que hay que buscar o conseguir. Es solo una consecuencia.

Una consecuencia de SER. Y lo escribo en mayúsculas porque no me refiero solo al verbo ser, sino a algo más profundo. A la parte más original de la existencia individual.

El objetivo si se puede dar como tal, es el de vivir plenamente. Aprender a ser consciente de mí misma, aceptarme tal como soy. Hacerme caso. De ahí sí que surgen mejoras en mi bienestar y en la manera de relacionarme con el mundo . De ahí puedo ser capaz de reconocer y desaprender lo que no me sirve, aquellas creencias erróneas sobre mí misma, incrustadas en mi persona. En mi personita.
No se trata de cambiar cosas de mí para parecerme a un modelo ideal de Yo, poniéndome deberes y obligaciones y cumpliéndolos por norma, sino ser Yo de verdad, sin censura. Si me acepto con mis virtudes y mis defectos, dejarán de ser tan virtud o tan defecto para ser sencillamente Yo. Y eso causa bastante equilibrio, bastante mucho.

Vivir plenamente es lo más parecido a ser libre. Amarme a mí misma y también a consecuencia de ello, a los demás. De una manera auténtica.

El equilibrio surge del proceso, de vivir cada momento a tutiplén y aprehender en el camino.
No es pasar por la vida a medias, persiguiendo ideales preestablecidos, siendo víctima de mi carácter y culpando las circunstancias. (¿suena?)

Y no es un equilibrio estático, ya que nada es estático. Todo está en constante movimiento, todo se mueve en ciclos. Pero la cuestión es que puedo pasar de vivir en un constante torbellino a vivir en una constante danza. Como un vaivén. Dejándome llevar, y llevando. Sin lucha. Sin desenfrenos ni desesperos.

Así estoy ahora, en continua evolución-estancamiento-evolución. Sigo siendo un Caos con patas. Pero he aprendido a disfrutarme. Y desde ahí voy alineándome con el universo constantemente. No desde las normas seguidas a rajatabla. No desde el esfuerzo forzado (que no quita que salir de la zona de confort sea todo un curro).


Y por lo tanto el "ayudar a los demás a estarlo" que decía al principio, es una visión errónea. Esa no es la misión. Yo no voy a equilibrar a la persona que tengo delante. No puedo. Y tampoco es mi responsabilidad. Lo que yo sí puedo hacer es acompañar a la persona en sus procesos, a que se mire a sí misma, a que se note a sí misma, a que sea consciente de sus propios movimientos. Ella es la que a través de la observación y el contacto va a avivar su propia consciencia y va a encontrar su propia manera de danzar su realidad.   

martes, 21 de enero de 2014

Mi Rey Mago

21/01/14

Me siento pletórica ahora mismo. Mi rey mago ha vuelto a actuar y como siempre, ha reavivado mi alegría con su magia. Aquí me tiene con la sangre danzando de arriba a abajo por mi cuerpo, echando vaporcillo por los ojos, feliz, como una locomotora wu wuuuuuuuu!!... chucu-chucu-chuchu chucuchú...

Me he levantado después de una noche infernal dando vueltas por la cama, gimiendo como un cochinillo maltratado, por un extraño dolor de estómago mezclado con pesadillas y paseos al váter...
Debilucha me he hecho un desayuno y he comprobado que el ordenador del trabajo sigue sin conexión, y que así puedo hacer poca cosa... He contactado con mi jefe para avisarle de que el problema aún no está solucionado y luego he aprovechado para fregar los cuatro platos de la pica, recoger un poco nuestro cuarto, ventilar la casa... Y al abrir la persiana del comedor, cuál ha sido mi sorpresa al encontrarme el sofá con varios paquetes regalo con mi nombre!

He tardado unos cinco segundos en reaccionar. Luego me he puesto a abrirlos y ya me ha dado la emoción y he soltado unas lágrimas. Me han encantado los regalos. Uno es un paquetito de anchoas de calidad! (sabe que tengo adicción). Otro es un pijama y una bata preciosa que me pondría hasta para salir a la calle, que me van de perlas ahora que trabajo desde casa y solo tengo un pijama guarro. Y otro paquete es un huevo temporizador para la cocina (mientras cocino muchas veces grito: quiero un huevo temporizadoooor!).

El ánimo me ha subido de golpe. Ya me he puesto a llamarle para pregtuntarle que si habían venido los reyes, y a llorarle cuatro gotas de ilusión con voz de tonta.

No es el hecho del regalo material lo que me pone tan feliz, sino el detalle, el acierto que él tiene él conmigo siempre, aun sin un duro, de mimarme y hacerme regalitos porque sí.
Me vuelve loca de alegría, me hace quererle tanto. Es mi experto en noviología, y eso que solo ha salido enserio conmigo. Ya no sé cuáles son sus defectos, porque sus virtudes son tan formidables para mí, que hacen que solo pueda estar de una manera a su lado. A gusto.

Cuando vinimos a vivir juntos no sabía que iba a ser tan fácil.

Ahora es cuando vienen las típicas voces... "al principio todo es muy bonito nena", "ya verás con los años"... y yo las mando al carajo porque creo que lo bonito de nuestra relación es que desde que empezó (unos 4 años atrás quizá?) siempre hemos vivido como si fuera el principio, cuidando la relación, compartiendo mucho y siendo sinceros. Y de momento la cosa siempre va a mejor. Estoy contenta y agradecida de tener a mi rey mago a mi lado.


Gracias!